APUNTE AL HUESO.

-Coja el arma, ¿VE su hueso?
-Suelte el arma, coja el lápiz.
-ApuntE.

 

Cuando accionamos hacia nosotras mismas en esta cruda y triste realidad, a la que estamos deparadas a experimentar el ser humano, llena de sufrimiento y malfario, también podríamos poner en práctica otras formas alternativas de autogestionarnos  y  hacer que esta fantasía no sea un dramita continuo, porque entre entre tú y yo esto es lo que más suelen vendernos en los sitios de “comida rápida” pero, ¿Y si tratarnos con amor fuera una opción más saludable? Aunque suene a libro de autoayuda relamido y parezca sencillo entenderlo, practicar la autoamabilidad es una de las tareas más complejas; que además necesitan más voluntad y paciencia con nosotras mismas. Es escalofriante, pero finalmente esto es lo que acabamos proyectando en los demás y en todo lo que nos viene encima, en todo lo que se arrima a nuestros costados. De esto saben mucho nuestros huesos, nuestra estructura, lo duro, lo compacto, lo heredado, lo que viene siendo uno de los potenciales de ser vertebrados y poder usar esto mismo como ancla para sentirnos enraizados en nuestra propia casa, usarlo como archivo.

¡Que se caiga nuestra fachada! Sentirnos desnudos ante nosotros mismos e incluso frágiles podría ayudarnos a potenciar el autoconocimiento y con esta demolición entrar más fácilmente al propio hueso, a eso que nos soporta todo tipo de gilipolleces y pocas veces se lo agradecemos. Quizás,  entrar ahí y contemplar lo que es heredado y lo que realmente nos pertenece pueda ser un camino para el autoconocimiento. Colarte dentro y sentirte desangelado, sin herramientas porque no sabes de bricolaje y sólo te queda tragarte capítulos enteros de algún “youtuber” explicando cómo usar el cemento en caso de emergencia. Entrar ahí y perderte en la inmensidad de una casa sin paredes, pero es ahí donde podemos observar algo más sobre esos patrones impuestos en nuestra especie, sin haber tomado parte de esta decisión, penetrar en un lugar desértico donde ver esas costumbres que llevamos encima o incluso ir más a fondo viajando en la propia médula y husmear las historias de nuestros ancestros, esas historias que nos fueron contando de boca en boca sin ser ninguno de ellos posiblemente testigos del panorama del momento. ¿Conoces ese juego del teléfono? ¡Sí! Ese en el que todas acabamos interpretando lo que escuchamos y que potencialmente el mensaje que llega al final no tiene nada que ver con el principio. Personalmente esto me parece una de las grandes poéticas mundanas a la que estamos sometidos y vivimos con ellas cómodamente sin acercarnos a la raíz de pocos asuntos, sin mancharnos, apenas intentando buscar la sustancia del temita que nos inquiete o perturbe como dice Esperanza Gracia.

 Cavarte a ti mismo

 Fallar

 

Esto sería lo más usual que nos podría ocurrir cuando nos adentramos en las profundidades de nuestros propios sistemas montañosos, aunque también podría ser que no falláramos, evitemos los condicionantes. La cosa es que todo este reflejo de palabras me trae a la mente un dicho argentino que dice: “como un elefante en cristalería ” e imaginarme en una situación parecida me trae a la piel el toc-toc de la conciencia y posiblemente a muchas de vosotras os pasase algo semejante. Me saco del forro de la manga, una historia sobre este dicho para intentar acercarme a toda esta amalgama de ideas, con una moraleja desde mi inexperiencia como cuenta cuentos.

La llamaban Oli, era ruda y fuerte, vigorosa y radiante, siempre risueña, era una elegante elefante que se llamaba Oliva y como apuntaba su nombre, ella era todos esos adjetivos que mencione con anterioridad. Era verano, se acercaba una de las fiesta más especiales del pueblo donde todos los habitantes se ponían sus mejores galas y así poder lucirlas con la excusa del concurso de baile y disfraces más reconocido en toda la comarca. Aquel año, Oli sentía que sería su año y mientras paseaba por el paseo comercial del pueblo un haz de luz atravesó el escaparate de la cristalería principal del pueblo, el reflejo invadió sus sentidos y se dijo así misma: cristales, cristales, brillos, brillos, este año quiero lucir un tocado diferente, un tocado que destelle hasta el último de la fila. Sin más, se lanzó con todo su entusiasmo hacia el lugar, contempló que la puerta era algo estrecha y pensó en la fragilidad de todos los objetos que había colgados en ese pasillo tan minúsculo, pero sin pena ni gloria sus ganas le provocaron entrar con tal ímpetu que hizo añicos todo lo que había alrededor suya. Su cara de espanto fue incluso más sobrenatural que la de la propia dependienta.

Posiblemente todas nos hemos sentido alguna vez como Oli, y dentro de todas las posibilidades que pudiesen existir justo después de romperlo todo, se me vienen varias opciones al coco.

  • Salir corriendo por la puerta de atrás.
  • Hacernos los locos,  hacer cómo si no hubiéramos sido nosotros.
  • Pedir disculpas, arrodillándonos frente el mostrador cómo si aquello fuera el pedestal de la Macarena.
  • Autoflagelarnos o bien culpar a otro.
  • Sacar un fajo de billetes para pagar todos los daños causados.

Estás son varias de las miles de posibilidades que se me vienen a la cabeza y considerando importante el paso número uno que en mi opinión, sería como podemos solventar el daño ocasionado; creo que la relevancia del cambio está en la observación del porqué decidimos entrar en ese lugar, cuál fue el objetivo y qué es lo que realmente nos motivó en hacerlo,  posiblemente  esto se acercaría más a  la raíz y así, transformar algo en nosotras mismas. Todas hemos tenido actos inconscientes bombardeados por nuestra inexperiencia o miedos, todas tenemos errores y gracias a ellos podemos seguir creciendo. Cuando nos ocurre algo que se asemeja a esta situación, podríamos comportarnos con nosotras mismas de varias formas, una de ellas sería dejar que se quede como #historiarayóncicatrizresiduoescombro en nuestro hueso y hacer como si no hubiera pasado nada. Otra sería apuntar en un postit que ocurrió, intentar sentir cual fue la raíz, reconocer el error y aprender. La controversia  que existe entre todas estas maneras de hacer y las diferencia que pudieran aparecer entre las opiniones sobre lo que es válido o no, si le sumamos que lo más importante es hacer con tu vida lo que desees, me hace volver y guiñarle un ojo de nuevo al título de este post : Apunte al hueso y elija lo que considere mejor para usted, experimente y aprecie que ocurre en su estructura.

, esto podría interpretarse como una manera intensa de vivir la vida. Sí, esto sería hacernos responsables de nuestros propios actos y contemplar cómo afectan a los demás. Sí, todas nos hemos agarrado alguna vez de un vicio para evadirnos de nuestra propia realidad. Sí, el buen hacer y la autopráctica provoca que todo esto que parece complejo, deje de serlo. Sí, podríamos dejar de vivir como mártires y alejarnos de las supuestas vivencias de María Magdalena y sus amigas. Sí, confío y creo que en lo profundo de cada una de nosotras, existe el poder de transformar y trascender este estado de incomunicación que estamos viviendo. , confío en un mundo diferente y en el ser humano. Sí, creo en los discursos basados en la experiencia. Sí, creo en el amor y no creo en lo que me cuentan sobre él.

 

PD: Darse cuenta de lo que somos, podría acentuar nuestro brillo y aumentar nuestro poderío vital.